—¿A caso la sociedad prohíbe que seamos amables?

—No, al contrario; pero las conveniencias reprimen a menudo los ímpetus del cariño.

—Pues es una tontería—dije secamente.

Pero su explicación me satisfizo y recobré todos mis bríos.

Sin embargo, conversando con él, noté que no daba la misma importancia que yo a las palabras que me había dicho en el Zarzal. Pero me sentía tan feliz, viéndole y habiéndole, que en aquel momento, esta pequeña decepción pasó por mi alma sin herirla.

El señor de Couprat nos hizo saber que habría varios bailes en el mes de Octubre.

—Me alegro—respondió Juno.

—Me enseñarás a bailar—le dije saltando sobre mi silla.

—Pido que se me permita ser el profesor—exclamó Pablo de Couprat.

—Pablo es un notable bailarín—dijo el comandante,—todas las señoras desean bailar con él.