No tardé en tomar parte en la conversación, y ya había recobrado una parte de mi buena alegría cuando pasamos al comedor.
Colocada entre el cura y Pablo de Couprat, me dirigí inmediatamente a éste, preguntándole:
—¿Por qué no volvisteis al Zarzal?
—No he podido disponer de mis acciones, señorita.
—¿Y habéis, por lo menos, deseado ir?
—Muchísimo, os lo aseguro.
—Y entonces ¿por qué no me disteis la mano al entrar?
—Es que según la etiqueta la iniciativa os correspondía, señorita.
—¡Ah! ¿la etiqueta? Sin embargo, en el Zarzal, no os acordabais de ella.
—Estábamos en condiciones especiales, y bien lejos de la sociedad, por cierto,—respondió sonriendo.