—Una parientita, de quien ya he oído hablarme dijo, tomándome las manos:—deja que te bese, hijita, he sido muy amigo de tu padre.

Me dejé besar de buen grado, no sin decir para mis adentros, que hubiera sido mucho mejor que en tan delicada operación le hubiese reemplazado su hijo.

Por fin entró... De buena gana habría dado todo mi dote y mi hermoso vestido a más, por el derecho de correr a él y abrazarle con todas mis fuerzas.

Dio un apretón de manos a mi prima, y me saludó tan ceremoniosamente, que quedé cortada.

—Dadme la mano—le dije,—bien sabéis que nos conocemos.

—No me atrevía a...

—¡Qué tontería!

—¿Qué es eso, Reina?—refunfuñó mi tío.

—Una flor algo silvestre—dijo el comandante mirándome con cariño,—pero una hermosa flor.

Estas palabras no bastaron para disipar el fastidio que sentía sin saber por qué, y permanecí por algún tiempo silenciosa y quieta en mi asiento, observando al señor de Couprat que conversaba risueñamente con Blanca. ¡Ah, cómo me gustaba! Cómo me latía el corazón mientras lo veía reír con aquella risa fresca, con aquellos blancos dientes y con aquellos ojos francos con los que había soñado tanto en mi espantosa casa vieja. Y mi tía, mi cura, Susana, el jardín húmedo de lluvia, y el cerezo a que se había trepado, desfilaban por mi mente como sombras fugitivas.