—Pero sosiégate, Reina—me dijo ella con su calma de siempre.—¿Cuándo serás medida en tus movimientos? Sí, tu traje te sienta.
—Mira, qué piececito.
—¡Ah, presuntuosa de nacimiento! ¿Quién diría que una campesina como tú, llegaría tan pronto a tanta coquetería?
—Ya te admirarás más. Sé que la coquetería es una cualidad muy seria.
—Es la primera vez que lo oigo. ¿Quién te ha enseñado eso? Supongo que no habrá sido el cura.
—No, no; una persona que entendía algo en la materia. ¿Vendrá a almorzar alguien más que los de Couprat, Blanca?
—Sí, el cura y dos amigos de mi padre.
Nos instalamos en el salón en espera de nuestros invitados y pronto apareció mi tío acompañado del comandante de Couprat, al que me presentó.
¡Dios mío, qué aspecto tan simpático, el del comandante!
Sus ojos eran límpidos como los de un niño y sus cabellos y bigotes blancos como nieve. Su fisonomía era tan bondadosa y benévola, que me recordó la de mi cura, aunque no hubiera entre ellas verdadera semejanza. Inmediatamente me sentí atraída hacia él y comprendí también que la simpatía era recíproca.