El lunes, me levanté lo más contenta. Había soñado esa noche con Pablo de Couprat, y me desperté lanzando un grito de alegría.

Aumentaba mi júbilo el placer de estrenar un vestido como jamás había usado, y así que estuve ataviada, me contemplé largo rato en silenciosa admiración. Y en seguida me eché a brincar y saltar en un acceso de exuberante felicidad, y en un corredor, casi, casi, doy a mi tío contra el suelo.

—¿A donde vas así, sobrina?

—A todos los cuartos, tío, para mirarme en todos los espejos. ¿No veis qué bien estoy?

—Sí, en efecto, no estás mal.

—¿No es cierto que con un traje bien hecho, tengo un lindo talle?

—¡Lindísimo!—respondió el señor de Pavol, besándome en las mejillas y encantado con mi alegría.

—¡Ah! tío, ¡qué feliz soy! Opino que el caso extraordinario se presentará muy pronto.

Tras esto seguí mi camino y me precipité como una tromba marina en el cuarto de Juno.

—¡Mira!—exclamé, girando con tanta rapidez sobre mí misma, que mi prima no podía ver más que un torbellino.