—Sí, por cierto, y soy de vuestra opinión—me respondió riendo.

—Ah... ¿qué no os gusta el piano? Sin embargo, cuando Blanca toca la escucháis con placer; por lo menos, o así parece.

—Es que Blanca tiene mucho talento.

Esta explicación me produjo la fastidiosa sensación, que causan los mosquitos rondando alrededor de nuestros oídos cuando dormimos: nos incomodan sin turbarnos completamente el sueño. Evidentemente, la razón que me daba no era aceptable, porque a pesar del talento de Juno, yo que no amaba el piano, sentía ganas de gritar y de escaparme cada vez que ella ejecutaba alguna sonata de Mozart o de Beethoven. ¡Qué dos hombres que pueden vanagloriarse de haber aburrido a la humanidad! Yo me desesperaba pensando en sus mujeres.

En medio de esta dulce vida de esperanzas, y pequeñas inquietudes desvanecidas por una amabilidad, o por las distracciones de una existencia tan nueva para mi, llegamos al fin de Septiembre. Y entonces mi tío, con el aspecto fúnebre de un hombre que va al cadalso, se preparó a llevarnos a las tertulias anunciadas por el señor de Couprat.


XII.

Puedo asegurar que mi espíritu de observación no se ejercitó en mi primer baile. Sólo me queda de esa fiesta algo así como la impresión de un placer delirante, y el recuerdo de las necedades que dije, y eso porque me costaron una buena reprimenda al día siguiente.

De cuando en cuando, Juno golpeábame el brazo con su abanico y me decía al oído, que me ponía en ridículo; pero era como hablar con una tapia; pues yo me alejaba sin oírla, revoloteando con mis compañeros.

A veces, mi caballero creía oportuno entablar conversación.