Con todo, debo decir que mi brío disipaba el tedio de aquellas víctimas de la experiencia, como un rayo de sol disipa leve bruma. Sabía agasajarles y hacerles girar a voluntad de mis caprichos tanto que mi tío decía:
—Si tiene el diablo en el cuerpo.
¡Sea tenido por infame el que mal piense!
Con despecho, noté que Pablo bailaba a menudo con Blanca y que a mi me invitaba pocas veces y sin mucho entusiasmo ni insistencia.
Redoblé mi coquetería para atraer su atención; pero poco se le importó. Su corazón y su mente estaban lejos de mi, y me arrinconé en un ángulo de la sala, negándome rotundamente a bailar más.
Ocultábame casi tras unos tapices que separaban el salón de una salita, y desde allí sorprendí la conversación de dos respetables matronas, cuyas simpatías me había conquistado.
—Reina está muy guapa esta noche, y como siempre, es la reina del baile.
—Sin embargo, Blanca de Pavol es más linda.
—Sí, pero es menos atrayente. Es una reina altiva, mientras que la señorita de Lavalle es una deliciosa princesita de cuentos de hadas.
—Princesa, esa es la palabra; se ve en toda ella la raza, y lo que chocaría en otras, en ella es encantador.