Era preciso que este sentimiento fuese innato en mi, porque después de asistir a dos o tres reuniones conocía todos sus detalles, astucias y matices.

Quisiera ser predicador, nada más que para predicar la coquetería a mi auditorio y rehusar la absolución a las penitentes sin talento para dedicarse a tan encantador pasatiempo.

Con tales ideas, quizá no permanecería mucho tiempo en el seno de la iglesia, pero en mi corta carrera, creo que haría bastantes prosélitos. Compadezco a los hombres, que creen conocer todo, e ignoran los placeres más finos y delicados. A mis ojos; arrastran una vida de bolonios.

Mientras que yo me zarandeaba y hería corazones, Blanca pasaba hermosa y altiva, demasiado segura de su belleza, para preocuparse de hacerla admirar; demasiado correcta para rebajarse hasta las emociones y pillerías que hacían mi felicidad.

Sin embargo, así que la primera efervescencia se calmó, me di cuenta de que el señor de Couprat tardaba mucho tiempo en enamorarse de mí. Me veía bajo todas las fases, vestida de baile, de visita, de calle, coqueta, seria, y a veces, aunque debo confesarlo, raras veces, melancólica, y a pesar de toda esta diversidad de aspectos, que ahuyentaban la monotonía, no sólo no se me declaraba, sino que parecía tratarme como a una chica. Y la frase de mi cura: «Está cierta de que te ha tomado por una chiquilina sin consecuencia», comenzaba a preocuparme enormemente.

A pesar de mi coquetería y mis numerosas distracciones, ni un solo instante, decayó mi amor. La animación de mi vida impedíame, sin duda, pensar en él constantemente, y por eso me explico mi ceguedad; pero nunca se me ocurrió poder hallar otro hombre más encantador que Pablo de Couprat.

Sin embargo, en la corte que me circuía, muchos cortesanos ofrecían una semejanza real con los tipos de Walter Scott, que tanto había admirado. Y muchas veces me he preguntado cómo había podido conmoverme mi héroe, alegre y regordete, cuando mi imaginación estaba bajo la influencia de personajes quiméricos, que tan poco se le parecían. He aquí un tema psicológico que abandono a la meditación de los filósofos, porque yo, no tengo tiempo para profundizarlo; señalo el hecho, saludo a la filosofía y paso.

El 25 de Octubre, asistimos al último baile, en un castillo situado cerca del Pavol.

Esa noche fui con un vestido azul celeste; estaba extraordinariamente linda y tuve un éxito loco. Tan loco, que en la semana siguiente fui pedida por cinco. Pero yo estaba intranquila, febril, atormentada, y contra mi costumbre, no me gocé en el delirio que causaba mi belleza.

Aguardaba al señor de Couprat con impaciencia, para observarlo con ojos que comenzaban a ver claro. Generalmente llegaba muy tarde, en compañía de tres o cuatro jóvenes que componían la alta sociedad a la moda de la región. Estos jóvenes hastiados desde la más tierna edad, tenían por muy aburrido, fatigoso e incómodo el baile; contentábanse con hacer algunas invitaciones con dejadez e impertinencia. No así Pablo de Couprat, demasiado educado y franco para no bailar con el aspecto alegre y satisfecho que las circunstancias requerían.