Comprendí que no se podía tomar a broma este formidable reto. Me encerré en mi cuarto donde reflexioné veintiocho minutos y medio, durante los cuales sentí germinar en mi corazón el loable deseo de trabar relación con la mesura.
XIII.
Muy pronto llegué a descubrir que muchas veces la fama de sabiduría de que gozan los proverbios no es hurtada; que en ciertos casos, querer es poder y que con un poquito de buena voluntad me sería fácil poner en práctica los consejos de mi tío.
No quiero decir con esto, que no haya vuelto a cometer necedades desde entonces, ¡oh, no! eso sucedía aún, bastante a menudo, pero logré volverme seria y adquirir un sosiego relativo.
Por otra parte, si mi tío me había reprendido había sido en previsión del porvenir, porque entonces me hallaba en un medio social en el que mis acciones y palabras eran juzgadas con la mayor indulgencia. Era aquella una sociedad amena, y educada, llena de tradiciones de cortesía, y en las que contaba sin saberlo con gran número de parientes y allegados.
En obsequio a mi nombre, a mi belleza, y a mi dote fuéronme perdonados muchísimos pecados. Era la niña mimada de las matronas, que narraban con cariño anécdotas de mis abuelos y bisabuelos y de otros antepasados cuyos hechos y proezas debían haber sido muy notables, para que aquellas bondadosas marquesas hablaran de ellos con tanto entusiasmo.
Comprendí, con satisfacción, que para algo sirven en la vida los abuelos, y que su égida polvorosa defiende las osadías y caprichos de las nietecillas criadas en el fondo de los bosques.
Era la niña mimada de los maridos en perspectiva, que en mis hermosos ojos, veían brillar mi dote; la niña mimada de los bailarines, a quienes mi coquetería divertía, y confieso en voz baja, muy baja, que sentía una felicidad inmensa en jugar con los corazones y en metamorfosear las cabezas en veletas.
¡Oh, coquetería, qué encanto en cada letra de tu nombre!