—¿No decís tío, que el gobierno pasa el tiempo jugando al volante? La verdad es que tal conducta en un gobierno es una falta de dignidad. Y entonces, ¿por qué los simples particulares hemos de tener más que los ministros y los senadores?
Mi tío se echó a reír.
—Difícil es reñirte, Reina; como la anguila, te escurres entre los dedos. Pero a pesar de todo, te aseguro, que si no me obedeces no te dejaré ir más a ninguna tertulia.
—¡Oh, si hicieseis semejante cosa, mereceríais las torturas de la Inquisición!
—Como la Inquisición está abolida no se me torturará; pero tu me obedecerás, tenlo por cierto. No quiero que una sobrina mía adquiera hábitos y maneras, que si se pueden excusar hoy por sus pocos años, mañana la podrán hacer pasar por... ¡hum!
—¿Por qué, tío?
El señor de Pavol tuvo un violento ataque de tos.
—¡Hum! por una mujer criada en las selvas, o algo por el estilo.
—Y tal apreciación no iría muy descaminada, puesto que el Zarzal y una selva son la misma cosa.
—En fin, sobrina, convéncete de que te he hablado seriamente; vete y reflexiona.