—¡Al fin y al cabo!—interrumpí, satisfecha,—así es como me gustan los sermones.
—No me interrumpas, Reina, te hablo seriamente.
—Vamos a ver, tío, razonemos: la primera vez que me visteis, me dijisteis: eres terriblemente linda.
—Y ¿qué hay con eso, sobrina?
—¿Qué hay? Que con ello veréis, que uno no puede refrenar siempre un movimiento primo.
—Tal vez, pero se debe tratar de reprimirlo siempre, y sobre todo, hacerme caso. A pesar de tu poca edad y tu corta estatura, tienes el aspecto de una mujer; trata pues de tener la dignidad, que te corresponde.
—¡La dignidad!—exclamé,—y ¿para qué?
—¿Cómo para qué?
—No comprendo, tío. ¿Cómo me predicáis dignidad, cuando el gobierno tiene tan poca?
—No veo la relación... ¿Qué nueva locura es esa?