—¡Oh, eso sí! ¡lo creo capaz de todo; parecía un ganso!
—Yo no soy un ganso, Reina, y te digo que es una inconveniencia.
—Pero, tío, es nuestro primo, lo vemos todos los días. Blanca y yo le llamamos siempre Pablo cuando hablamos de él, y aun cuando nos dirigimos a él directamente.
—Eso puede pasar en la intimidad, pero no en el mundo, donde nadie está obligado a conocer el parentesco ni el grado de relación de las personas.
—¿Así es que, según vos, debe uno portarse de un modo en su casa y de otro delante de gente?
—Eso es lo que me esfuerzo en hacerte comprender, sobrina.
—Pues, eso es ni más ni menos, una hipocresía.
—En nombre del cielo, sé hipócrita, no te pido otra cosa. Parece además, que has dicho a cinco o seis jóvenes que eran muy buenos mozos.
—¡Cierto, ya lo creo!—exclamé en un ímpetu de simpatía al recordar a mis compañeros.—¡Tan guapos, tan educados, tan atentos! Por otra parte les había trampeado piezas y para que no se contrariaran...
—Por el momento, a quien contrarías mucho es a mi, Reina; hace siete semanas que Blanca y yo tratamos de hacerte comprender que es necesario mesurar nuestros movimientos lo mismo que nuestras tristezas y alegrías, y sin embargo, no yerras disparate. Tienes talento, eres coqueta y desgraciadamente para mi, tienes una cara demasiado bonita y...