—¿Y? ¡Empezad, pues, tío!
—Hazme el servicio de enderezarte, Reina y de tomar una actitud más respetuosa.
—Pero tío—repuse abriendo los ojos, asombrada;—no ha sido mi intención faltaros al respeto, y si me he puesto en esa actitud era para oíros mejor.
—Sobrina, me vas a hacer perder la cabeza.
—Puede ser, tío, respondí tranquilamente, mi cura también me decía muchas veces que le haría morir de pesar.
—Hablando francamente ¿crees que tenga ganas de que me lleve el diablo por causa de una chicuela mal educada, como tú?
—Os diré primero, que no creo que nunca os llevará el diablo, y segundo, que me desolaría si os perdiera, pues os quiero con todo mi corazón.
—¡Hum!... ¡es una suerte! ¿Quieres decirme ahora porqué a pesar de mis lecciones y consejos, te has comportado anoche de una manera tan inconveniente?
—Especificad las acusaciones, tío.
—Sería cosa de nunca acabar, pues todo lo que has hecho, ha sido inconveniente; parecías una loca. Entre muchas necedades, has llamado por su nombre de pila al señor de Couprat, así que le viste; yo estaba cerca de ti, y he visto que al caballero, que en ese momento te daba el brazo, le pareció muy chocante.