—¡Reina! ¿qué haces?

—¡Ya ves, bailar!

—¡Dios, mío! ¡qué niña eres!

—Querida Blanca, si la humanidad tuviese ingenio, día y noche bailaría.

—Vamos, Reina, hace frío y puedes resfriarte; acuéstate.

Arrojé mi almohada a un rincón y me metí en la cama. Blanca sentose a los pies e improvisó una arenga. Esforzose en probarme que la calma es una gran cualidad en todos los actos de la vida; que cada cosa debe hacerse a su tiempo y lugar, y que, después de todo, no le parecía que una almohada fuese un compañero de danza muy agradable y...

—¡En cuanto a eso estoy conforme! díjele interrumpiéndola,—sólo son agradables los bailarines de carne y hueso, sobre todo, si tienen bigotes: bigotes rubios, por ejemplo. Un bigotito que os acaricia la mejilla al bailar ¡ah! de veras, es deli...

En esto me dormí, y no desperté hasta las tres de la tarde.

Así que estuve vestida, me mandó llamar el señor de Pavol. Acudí inmediatamente con el presentimiento de que en el cerebro de mi tío germinaba un sermón. Al ver su aire solemne comprendí lo acertado de mis conjeturas y como siempre me ha gustado la comodidad tanto en los sermones, como en las demás circunstancias de la vida, aproximé un sillón y me arrellané en él, confortablemente; entrelacé las manos sobre mis rodillas y cerré los ojos con aire de profundo recogimiento.

Al cabo de dos segundos, no escuchando ni media palabra, exclamé: