—Pero ¿qué os ha hecho el pobre heroísmo?
—Es que como los romanos eran heroicos, según parece y yo detesto a los romanos... Pero, bailemos, en vez de charlar.
Y partíamos, girando.
Mi felicidad llegó a su apogeo al verme, danzando con el señor de Couprat, en aquel salón lleno de luces, a la vista de tantas señoras riquísimamente ataviadas, y entre aquella sociedad de la que me hallaba tan lejos poco antes. Pablo bailaba mucho mejor que los demás. Aunque fuese alto y pequeñísima yo, solía acariciarme las mejillas su lindo bigote rubio y retorcido, y sentí algunas tentaciones de las que no hablaré por no escandalizar al prójimo.
Embriagada por la alegría y las lisonjas que zumbaban a mi derredor, dije todas las tonterías inimaginables; pero conquisté a todos los hombres y desesperé a todas las muchachas.
El cotillón despertó en mi el mayor entusiasmo, y cuando mi tío, que tenía todo el aire de un mártir, nos hizo señas de que era hora de partir, exclamé, desde el extremo del salón:
—Tío, no me sacaréis de aquí, sino por la fuerza armada.
Pero tuve que prescindir de ella, y seguir a Juno, que hermosa y correcta, como de costumbre, se apresuró a obedecer a su padre, sin hacer caso de mis recriminaciones.
Ya en mi cuarto y al desnudarme, me vino una locura irresistible. Tomé mi almohada y me puse a valsar con ella por el cuarto, cantando a toda voz.
Juno, cuyo cuarto no estaba lejos del mío, acudió semiasustada.