«Francisco I llevaba vida alegre y amaba prodigiosamente a las mujeres. Y que prefirió grande y sinceramente a la hermosa dama Ana de Pisseleu, a quien dio el condado de Etampes, que erigió en ducado para serle agradable.»
De estas pocas palabras, saqué yo las siguientes conclusiones: Primero, como había descubierto desde hacía un mes que mi existencia era monótona, que me faltaban muchas cosas, que la posesión de un cura, una tía, conejos y gallinas no constituían la felicidad, colegí que una vida alegre era evidentemente el reverso de la mía, y por consiguiente Francisco I había dado, eligiéndola, pruebas de mucho juicio.
Segundo, que dicho rey profesaba ciertamente la santa virtud de la caridad predicada por mi cura, puesto que amaba tanto a las mujeres.
Tercero, que Ana de Pisseleu era una persona muy feliz, y que a mi también me hubiera gustado mucho, que un rey me diera un condado erigido en ducado, para serme agradable.
—¡Bravo!—exclamé lanzando el libro hasta el techo y recogiéndolo inmediatamente. Ya tengo con qué confundir al cura y convertirlo a mi opinión.
Por la noche releí en mi cama la pequeña biografía.
—¡Qué hombre tan simpático este Francisco I!—me dije.—Mas ¿porqué el autor habla sólo de su afecto a las mujeres? ¿Porqué no ha puesto que quería también a los hombres? En fin, después de todo, cada cual tiene sus gustos. Pero si voy a juzgar a las mujeres por mi tía, pienso que voy a preferir considerablemente a los hombres.
Luego recordé que el biógrafo era de sexo masculino, y pensé que sin duda habría tenido por cortés, amable y modesto, dejarse en el tintero y pasar en silencio a sus congéneres.
Y me dormí sobre esta luminosa idea.
Levanteme contentísima al día siguiente.