El día a que me he referido más arriba, debía yo dar la lección concerniente a mi amigo. Largo tiempo revisé la víspera buscando algún medio para hacerlo brillar a los ojos del cura. Desgraciadamente yo no podía hacer más que citar las expresiones de mi historia, al emitir opiniones que se apoyaban más en una impresión que no en un razonamiento.
Hacía una hora que me devanaba los sesos reflexionando, cuando atravesó mi mente una brillante idea.
—¡La biblioteca!—exclamé.
E inmediatamente atravesé corriendo un largo pasadizo y penetré por primera vez en una pieza de regular tamaño enteramente atestada de estantes verdes cubiertos de libros reunidos entre ellos por los tenues hilos de una multitud de telarañas.
Esta pieza comunicaba con los departamentos que después de la muerte de mi tío, se habían cerrado para no abrirse más, y olía de tal modo a tasto y moho que casi me asfixié. Apresureme a abrir la ventana, que era muy pequeña, no tenía postigos ni persianas y daba sobre el jardín; en seguida procedí a mis investigaciones. Mas ¿cómo descubrir a Francisco I en medio de todos aquellos volúmenes?
Ya iba a abandonar la partida, cuando el título de un librito me hizo prorrumpir en un grito de alegría.
Eran las biografías de los reyes de Francia hasta Enrique IV inclusive. Tenía adjunto un grabado bastante bueno, representando a Francisco I, vestido con el espléndido traje de los Valois. Lo examiné con asombro.
—¿Y es posible—me dije,—que haya hombres tan lindos como éste?
El biógrafo, que no participaba de la antipatía del cura por mi héroe, hacía sin ninguna restricción el elogio de su belleza, de su valor, de su espíritu caballeresco y de la inteligente protección que diera a las letras y a las artes.
Terminaba con dos líneas sobre su vida privada y supe lo que ignoraba completamente y era que: