Ante tan lúgubre cuadro, estremecíase ligeramente el cura y se iba a paso rápido y breve, sin dignarse responderme.

Cuando su descontento llegaba al apogeo, me llamaba señorita de Lavalle. Este ceremonioso nombre era la más viva manifestación de su enojo, y yo sentía remordimientos hasta que le volvía a ver de nuevo con los cabellos al viento y la sonrisa en los labios.


II.

Mi tía me maltrató mientras fui chica y yo tenía tal miedo de sus golpes que la obedecía sin discutir.

Hasta el día en que cumplí diez y seis años me pegó aún, pero fue por última vez.

A partir de ese día, fecundo para mi en acontecimientos íntimos, estalló de pronto una revolución que rugía sordamente en mi espíritu desde hacía algunos meses, y cambió completamente mi modo de ser para con mi tía.

Por aquel tiempo el cura y yo repasábamos la historia de Francia, que me jactaba de conocer muy bien. Si bien es cierto que dadas las lagunas y restricciones de mi texto, mi saber era el mayor posible.

Profesaba el cura por sus reyes un amor rayano en la veneración, y sin embargo, no quería a Francisco I. Esta antipatía era tanto más singular, cuanto que Francisco I fue valiente y se ha hecho popular.

Pero no le gustaba al cura, que no desperdiciaba nunca la ocasión de criticarle; así es que por espíritu de contradicción lo elegí yo por favorito.