—Muchas tonteras oyen los mortales, cuando los niños pretenden raciocinar.
—Señor cura, vos mismo me habéis enseñado el otro día, que la razón es la más bella facultad del hombre.
—Sin duda, sin duda, cuando el hombre sabe servirse de ella. Por otra parte hablaba de los hombres hechos y no de las chiquilinas.
—Señor cura, los pajaritos prueban sus fuerzas al borde del nido.
Y el excelente hombre, un poco desconcertado, se desgreñaba el pelo con energía, lo que daba a su cabeza el aspecto de la de un lobo, polvoreada de blanco.
—Haces mal en discutir tanto, hijita mía—decíame algunas veces;—es un pecado de orgullo. No seré siempre yo quien te conteste, y cuando estés en lucha con la vida sabrás que no se discute con ella, sino que se la sufre.
Mas me importaba un bledo la vida. Tenía un cura para ejercitar mi lógica y esto me bastaba.
Cuando le había fastidiado, hastiado y hostilizado mucho, esforzábase en dar a su fisonomía una severa expresión, pero se veía obligado a renunciar a su proyecto, porque su boca risueña siempre, rehusaba en absoluto obedecerle. Entonces me decía:
—Señorita de Lavalle, repasará usted sus emperadores romanos, y trate de no confundir a Tiberio con Vespasiano.
—Dejemos a esos individuos, señor cura—respondíale yo;—me aburren. ¿No sabéis que si hubieseis vivido en sus tiempos os habrían asado vivo, o arrancado la lengua y las uñas, o picado en pedacitos menuditos, menuditos, como picadillo de pastel?