—Quemó su mano derecha para castigarla por haberse equivocado, lo que prueba que no era sino un imbécil.
El cura que un momento antes me escuchaba con aire complacido, se estremecía de indignación:
—¡Un imbécil, señorita! ¿y porqué?
—Porque la pérdida de su mano no reparaba su error—respondíale,—que por ello Pórsena no quedaba ni más ni menos vivo, ni resucitaba el secretario.
—Bien, chiquita; pero Pórsena se asustó y levantó el sitio inmediatamente.
—Eso, señor cura, no prueba sino que Pórsena era un mandria.
—Concedido. Pero Roma quedaba libre, y ¿gracias a quién? ¡gracias a Scévola, gracias a su acto heroico!
Y el cura, que aunque temblaba ante la idea de quemarse la yema del dedo chico, no por eso dejaba de admirar a Mucio Scévola, se exaltaba y afanaba para hacerme apreciar a su héroe.
—Sostengo lo que he dicho—replicaba yo tranquilamente;—no era más que un imbécil y un gran imbécil.
El cura exclamaba sofocado: