¡Dios mío! no; yo era una criatura que amaba sincera y profundamente, pero sin que la más mínima sombra de pasión feroz se mezclase a mi amor. Contra el único que sentía una ira continua era contra el señor de Couprat. Era el cabro emisario cargado de todo mi mal humor y mis penas. No me cansaba de zaherirlo y repetirle cosas agridulces. En seguida me refugiaba en mi cuarto, en el que me paseaba a grandes pasos, echándome discursos.

«¡Oh, qué talento, enamorarse de una mujer cuyo carácter no se le parece en nada! ¡Él, tan alegre, tan charlatán, tan charlatán como yo, por cierto! Blanca es seria, silenciosa e idólatra de la etiqueta, mientras que a él estoy segura, que lo desespera. ¡En cambio nosotros armonizábamos tan bien! ¿Cómo no lo ha visto? Pero Blanca es tan buena como linda; la conoce desde hace mucho, y luego, al corazón no se le ordena»...

Desgraciadamente todos estos hermosos raciocinios no me consolaban.

De noche sollozaba en mi cama y a veces, hasta entre sueños, y a pesar de la firme resolución de ocultar mis impresiones, al cabo de quince días todos los habitantes del Pavol, se asombraban de mis maneras caprichosas. Por la mañana estaba tan alegre que reía horas y, horas; pero por la tarde, sentábame a la mesa con aspecto sombrío y no despegaba los labios durante toda la comida.

Este silencio tan en oposición con mis hábitos, preocupaba bastante al señor de Pavol.

—¿Qué es lo que pasa en tu cabecita, Reina?

—Nada, tío.

—¿Te aburres? ¿Quieres viajar?

—¡Oh no, no, tío! Por nada dejaría el Pavol.

—Si quieres casarte decididamente, eres libre de ello, no soy un tirano. ¿Te pesarían las negativas con que has acogido las propuestas de matrimonio que se han sucedido en estos últimos días?