—No, no, tío, he abandonado por completo mis antiguas ideas; no quiero casarme.
Estos desdichados partidos, aumentaban mi fastidio. Ya no podía oír hablar de matrimonio sin sentir deseos de llorar. Aunque el señor de Pavol no me apremiaba para que aceptase alguno, me demostraba, sin embargo, las ventajas de cada uno de ellos e insistía algo, para que yo por lo menos consintiese en tratar a mis enamorados.
Hasta les hubiera calificado con mucha facilidad de casos extraordinarios y entre los numerosos descubrimientos que diariamente hacía, no fue la inconsecuencia de mi tío, uno de los que menos me llamaron la atención.
Aquí para nosotros, pienso que estaba algo asustado con la carga de la sobrina que le había caído en suerte. Me dejó completamente libre para elegir y se contentó con mis razones sin pies ni cabeza, para rechazar a mis pretendientes.
—¿Y no eras tú la que tenías tanta prisa por casarte, Reina?—me preguntó Blanca.
—No me casaré, si no encuentro lo que deseo.
—¡Ah! ¿y qué deseas?
—No lo sé aún—respondile con la garganta oprimida.
Blanca me tomó la cara con ambas manos y me miró con atención.
—Quisiera leer en tu pensamiento, Reinita. ¿Amas a alguien? ¿A Pablo?