—Te juro, que no—díjele, zafándome de su caricia,—no quiero a nadie, y cuando quiera, lo sabrás en seguida.
Si la muerte no fuese una cosa tan imponente, estoy segura de que en aquel momento me hubiera dejado matar antes que declarar mi amor por un hombre que amaba a otra y mucho más siendo ésta prima mía. Felizmente no se trataba de horca ni de guillotina, porque mucho me temo que en presencia de ellas, probablemente habría flaqueado mi estoicismo.
—Hago lo mismo que tú, Blanca, espero.
—Yo no tengo la suerte de mi lobezna del Zarzal—respondiome sonriendo,—¡cinco pedidos a la vez: figúrate!
—No me hables más de esto, te ruego; el recordarlo me fastidia, me oprime, me asfixia.
Por desgracia a un sexto pretendiente que reunía las cualidades más raras, extraordinarias y completas, se le antojó de improviso colocarse en el número de mis adoradores.
¡Ay! ¡cosechaba yo lo que había sembrado! pues desde mi entrada en la sociedad no había hecho otra cosa que pregonar, que pensaba casarme lo más pronto posible.
Hízome llamar mi tío y tuvimos una larga conferencia.
—Reina, el señor de Le Maltour, solicita tu mano.
—Que le aproveche, tío.