—¿Te gusta?
—Al contrario.
—¿Por qué? Exponme las razones, pero buenas razones; no como las del otro día que no valían nada.
—Tampoco vuestros partidos no eran presentables, tío.
—Vamos al señor P. muy bien...
—¡Oh, un hombre de treinta años, casi un patriarca!
—¿Y el señor de C.?
—¡Un hombre espantoso!
—Y el señor de N... mozo de mérito y muy inteligente.
—¡Bah! le conté los cabellos y ¡no tenía más que catorce! ¡A los veintiséis años!