—¡Ah!... ¿y el pequeño D?...
—No me gustan los trigueños. Y luego, es una nulidad completa. Una vez casado, querría a su persona, a sus corbatas, a mi dote y nada más.
—Te concedo todo eso. Pero vuelvo al barón de Le Maltour; ¿qué le reprochas?
—Es un hombre que no ha bailado conmigo, sino cuadrillas, porque no sé valsar a tres tiempos—exclamé con indignación.
—¡Horrible falta!; Te lo repito, Reina, creo que es absurdo casarse tan joven; pero a pesar de tu dote y tu belleza, creo que no volverás a hallar jamás un partido semejante. Es un joven bien parecido y tengo las mejores informaciones respecto a su moralidad y su carácter, fortuna inmensa, familia honorable y muy antigua.
—¡Ah, sí, abuelos! como dice Blanca—interrumpí con desdén. Tengo horror a los abuelos, tío.
—¿Por qué?
—Gente que no pensaba más que en pelear y romperse la cabeza. ¡Qué idiotez!
—¡Ah! pues mira, sé también que el escribiente del tribunal de V... gusta de ti; no tiene abuelos, ¿quieres que le diga que en vista de ello, la señorita de Lavalle está dispuesta a casarse con él?
—No os burléis de mi, tío; bien sabéis que soy aristócrata hasta la punta de los dedos—respondí, aprovechándome de la ocasión para admirar mis afiladas manos.