—Es lo que creo, si no engaña tu aspecto. Y ahora, sobrina, óyeme bien. Aun no conoces al señor de Le Maltour, para formar opinión de él, y quiero absolutamente que le trates con intimidad antes de que des una contestación definitiva. Voy a escribirle a la señora de Le Maltour, que la resolución depende de ti, y que autorizo a su hijo a que se presente en el Pavol cuando le plazca.

—Muy bien, mi tío, haced lo que queráis.

Cinco minutos después paseaba yo por el bosque, presa de la más violenta agitación.

—¡Ah, quiere salir con la suya!—decíame mordiendo el pañuelo para ahogar los sollozos;—ya verá cómo recibo a su Le Maltour. Quiero que en cuatro días desaparezca de mi vista.

Mi tío no ve ni comprende nada. Me engañaba. Mi tío, a pesar de mi repentina resolución de disimulo, veía claramente, pero se conducía con prudencia. No podía impedir al señor de Couprat que amara a su hija, ni renunciar al proyecto que tanto él como el comandante acariciaban desde hacía tiempo. Por otra parte, convencidísimo que mi cariño no era profundo y que era más bien una niñada, pensaba que el mejor remedio para tal capricho era el de enderezar mis pensamientos hacia un hombre que enamorado de mi, se hiciera amar, fundándose en este axioma: el amor atrae al amor.

Su razonamiento, si no hubiese fallado por la base, hubiera sido perfecto.

Dos días más tarde llegaron al Pavol la señora de Le Maltour y su hijo, con la sonrisa en los labios y la esperanza en la mirada. La excelente señora me dijo cien amabilidades a las que contesté con la cara ceñuda de un portero de jesuitas.

El barón era un buen muchacho... ¡aguardad, no quiero decir con esto que fuera un tonto; al contrario! Era inteligente y listo, pero no tenía más que veintitrés años. Era tímido y estaba muy enamorado, circunstancia que no le despejaba la mente, pero que sería una ingratitud de mi parte, el criticarla.

Al día siguiente volvió sin su madre y trató de conversar conmigo.

—¿Sentís, señorita, que se haya terminado la temporada de los bailes?