—Señor cura: yo no sé lo que os puede haber hecho ese pobre Francisco I. ¿No sabéis que tenía mucho juicio? Llevaba vida alegre, y amaba prodigiosamente a las mujeres.
Y los ojos del cura se abrieron de tal modo que tuve miedo de verlos reventar.
—¡San Miguel, San Bernabé!—exclamó dejando caer su tabaquera con un ruido tan seco, que el gato extendido en una poltrona saltó a tierra con un desesperado maullido.
Mi tía que dormía, se despertó sobresaltada y gritó:
—¡Ah, bestia!
Dirigiéndose a mi, y no al gato y sin saber de qué se trataba. Pero este epíteto componía invariablemente el exordio y la peroración de todos sus discursos.
Esperaba por cierto producir un gran efecto; pero con todo, quedé algo confusa ante la fisonomía, verdaderamente extraordinaria del cura.
Pero no tardé en continuar imperturbablemente:
—Amó especialmente a una linda dama a la que dio un ducado. ¡Confesad, señor cura, que era muy bueno, y que hubiera sido muy agradable hallarse en lugar de Ana de Pisseleu!
—¡Santa Madre de Dios!—murmuró el cura con una voz sin fuerzas,—esta niña está poseída.