—¿Qué hay?—gritó mi tía, traspasándose el rodete con una de sus agujas de tejer.—Échela afuera si se permite impertinencias.
—Hijita mía—continuó el cura—¿dónde has aprendido lo que acabas de decir?
—En un libro—respondí lacónicamente, sin nombrar la biblioteca.
—¿Y cómo puedes repetir tales abominaciones?
—¡Abominaciones!—interrumpí escandalizada;—¿qué señor cura, os parece abominable que Francisco I fuese generoso y amase a las mujeres? ¿Que vos no las amáis?
—¿Que dice? rugió mi tía, que habiéndome escuchado atentamente desde hacía unos instantes, sacó de mi pregunta los pronósticos más desastrosos. ¡Desfachatada! sin...
—¡Calma, señora, calma!—interrumpió el cura, a quien parecía que en aquel momento le hubiesen quitado de encima un peso enorme.
—Déjeme usted explicarme con Reina. Veamos, ¿qué encuentras digno de alabanza en la conducta de Francisco I?
—¡Caramba! pues es bien simple—respondí con tono desdeñoso, pensando que mi cura envejecía y empezaba a comprender con dificultad.—Todos los días me predicáis el amor al prójimo, y me parece que Francisco I ponía en práctica vuestro precepto preferido: Ama a tu prójimo como a ti mismo, por amor de Dios.
No bien hube terminado mi frase, el cura enjugando su rostro, sobre el que gruesas gotas de sudor corrían, echose hacia atrás en su sillón y con ambas manos sobre el vientre, se entregó a una homérica risa, que duró tanto, que me hizo saltar lágrimas de contrariedad y de despecho.