—Por cierto—añadí, con temblorosa voz,—he sido bien tonta en fatigarme para estudiar mi lección y haceros admirar a Francisco I.
—Mi buena hijita—díjome por fin, recobrando su seriedad y empleando su expresión favorita cuando estaba contento de mi,—lo que me extrañó mucho, mi buena hijita, no sabía que profesaras tal admiración por las personas que practican la caridad.
—En todo caso, eso no es un motivo de risa—respondíle bruscamente.
—Vamos, vamos, no nos enojemos.
Y el cura aplicándome una palmadita en la mejilla, abrevió mi lección, me dijo que vendría al día siguiente y dirigiose a confiscar la llave de la biblioteca, que yo ignoraba conociese.
No había aún el cura salido del patio, cuando mi tía se abalanzó sobre mi sacudiéndome el hombro hasta la dislocación.
—¡Bachillera, atrevida!—voceó,—¿qué has hecho para que el cura se haya ido tan pronto?
—¿Por qué se enfada usted—le repliqué,—si no sabe de lo que se trata?
—¡Ah! ¿Conque yo no sé? ¿Conque no he oído lo que le decías al cura, desfachatada?
Y juzgando que las palabras no bastaban para demostrar su cólera, me dio una bofetada, me pegó con fuerza, y me echó como a un perrillo.