Corrí a mi cuarto y me atrincheré sólidamente. Lo primero que hice fue quitarme la bata y comprobar por medio del espejo que los dedos secos y flacos de mi tía habían dejado marcas azules en mis hombros.
—¡Ah, vil esclava!—me dije mostrándole los puños a mi imagen en el espejo,—¿soportarás por más tiempo semejantes cosas? ¿Será posible, que por cobardía, no te atrevas a sublevarte?
Durante un rato me reprendí duramente; vino luego la reacción, caí sobre una silla y lloré mucho.
—¿Qué he hecho yo—pensaba, para que me trate así? ¡Qué odiosa mujer!—Y en seguida:—¿por qué ponía el cura una cara tan chusca, mientras yo recitaba mi lección?
Y me eché a reír mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas. Pero por más que intenté profundizar este problema, no di con la solución.
Púseme después a contemplar melancólicamente el jardín, por la ventana abierta, e iba ya recobrando mi sangre fría, cuando me pareció reconocer la voz de mi tía que conversaba con Susana. Me incliné un poco para escuchar la conversación.
—Usted hace mal—decía Susana,—la pequeña ya no es una niña. Si usted la maltrata, se quejará al señor de Pavol, que se la llevará.
—No faltaba más. Pero ¿cómo quiere usted que piense en su tío? Apenas sabe que existe.
—¡Bah! la pequeña es avisada; le bastará un momento de memoria, para enviaros a paseo, si la mortificáis, y sus buenas rentas desaparecerán con ella.
—¡Ah! tenéis razón... No le pegaré más, pero...—Se alejaban y no oí el final de la frase.