Después de la comida, a la que no quise asistir, salí en busca de Susana.

Susana había sido amiga de mi tía, antes de ser su cocinera. Reñían diez veces al día, pero ninguna de las dos podía pasarse sin la otra.

No se me creerá con facilidad, si digo que Susana quería sinceramente a mi tía; sin embargo, es la pura verdad.

Mas si perdonaba a mi tía su elevación en la escala social, se desquitaba sin duda alguna con el prójimo, con las circunstancias y con la vida, porque refunfuñaba siempre.

Tenía el semblante áspero de un salteador de caminos, vestía constantemente zagalejo corto y calzaba zapatos bajos, aunque nunca fuera a la ciudad a vender leche, ni trotara su imaginación como la de la lechera de la fábula.

—Susana—díjele colocándome delante de ella, con aire resuelto,—¿conque yo soy rica?

—¿Quién os ha dicho tal sandez, señorita?

—Eso no te importa, Susana; lo que quiero es que me contestes y me digas dónde vive mi tío de Pavol.

—¡Quiero, quiero!—rezongó Susana,—se acabó la niña a fe mía. Ídos a pasear, señorita; no os diré nada, porque nada sé.

—Mientes, Susana, y te prohíbo que me contestes así. He oído lo que decías a mi tía, no hace mucho.