—Pues bien, señorita, si habéis oído no tenéis necesidad de hacerme hablar.

Susana me volvió la espalda y no quiso contestar a ninguna de mis preguntas.

Regresé a mi cuarto, muy exasperada, y permanecí por mucho tiempo de codos en la ventana; desde allí tomé por testigos a la luna, las estrellas y los árboles, de que formaba la inquebrantable resolución de no dejarme tocar más, de no tener miedo de mi tía en adelante, y de emplear todo mi ingenio en desagradarla.

Y dejando caer los pétalos de una flor, que deshojaba, arrojé al mismo tiempo mis miedos, mi pusilanimidad y mis anteriores timideces. Comprendí que ya no era la misma, y me dormí consolada.

Esa noche soñé que mi tía, transformada en dragón, luchaba contra Francisco I, que la partía con una gran espada. Me tomaba entre sus brazos y huía conmigo, mientras que el cura nos contemplaba desolado, enjugándose el rostro con su pañuelo a cuadros. Torcíalo en seguida con todas sus fuerzas y caía el sudor a chorros, lo mismo que si lo hubiera empapado en el arroyo.


III.

No bien nos instalamos en nuestra mesa al día siguiente, el cura y yo, abriose con estrépito la puerta y vimos entrar a Petrilla, con la cofia en la nuca y los zuecos llenos de paja en la mano.

—¿Qué hay? ¿Fuego?—interrogó mi tía.

—No, señora; pero a buen seguro que está el diablo en casa. La vaca ha ido a dar al cebadal que crecía tan hermoso y lo arrasa todo y yo no puedo darle alcance; los capones andan por los tejados y los conejos en la huerta.