—¡En la huerta!—exclamó mi tía que se levantó lanzándome una colérica mirada, porque la tal huerta era un sitio sagrado para ella y el objeto de sus únicos amores.

—¡Mis lindos capones!—gruñó Susana, que juzgó oportuno aparecer y unir su nota sombría a la nota chillona de su ama.

—¡Ah, piel de Judas!—gritó mi tía.

Y se precipitó detrás de las sirvientes cerrando furiosa la puerta de un golpazo.

—Señor cura—dije yo inmediatamente,—¿creéis que en el universo entero haya otra mujer tan abominable como mi tía?

—¿Qué es eso, qué es eso, mi hijita? ¿Qué quiere decir eso?

—¿Sabéis lo que ha hecho ayer, señor cura? ¡Me ha pegado!

—¡Pegado!—repitió el cura con aire incrédulo, tan imposible le parecía que alguien se atreviera a tocar, ni aun con un dedo, a un ser tan delicado como mi persona.

—¡Sí, pegado! Y si no me creéis, os voy a mostrar las marcas.

Y ya empecé a desprenderme la bata. El cura me miró con aire espantado.