—Es inútil, es inútil, basta con que me lo digas, te creo—exclamó precipitadamente, con el rostro carmesí y bajando púdicamente los ojos hacia las puntas de sus zapatos.

—¡Pegarme el día de mi santo, el día en que cumplía diez y seis años!—y continué yo abrochando mi bata.—¿Sabéis que la detesto?

Y con el puño cerrado golpeé sobre la mesa, lo que me dolió bastante.

—Veamos, veamos, mi buena hijita—díjome conmovido el cura,—cálmate y cuéntame lo que tú le hiciste.

—Nada. En cuanto os fuisteis, me apellidó desfachatada y se lanzó sobre mi como una furia. ¡Ah, qué odiosa!

—Vamos, Reina, vamos, bien sabes que hay que perdonar las ofensas.

—¡Sí, está fresca!—exclamé empujando hacia atrás mi silla y poniéndome a pasear a grandes pasos por la sala; ¡no la perdonaré jamás, jamás!

Levantose también el cura y comenzó a caminar en contra mía, de manera que continuamos la conversación cruzándonos continuamente, como el Ogro y el Pulgarcillo, cuando el monstruo le persigue por haberle robado una de las botas de siete leguas.

—Reina, Reina, es necesario que seas razonable y aceptes esta humillación con espíritu de penitencia, por tus pecados.

—¡Mis pecados!—repliqué, deteniéndome y alzando levemente los hombros,—bien sabéis vos, señor cura, que son tan pequeños, tan pequeños, que no vale la pena hablar de ellos.