—¡De veras!—dijo el cura, no pudiendo contener una sonrisa.—Entonces, ya que eres una santa, recibe tus contrariedades con paciencia, por amor de Dios.
—¡Oh, no, a fe mía!—le repliqué decididamente.—Quiero amar a Dios, pero creo que Él me ama lo bastante para no estar contento al verme desgraciada.
—¡Qué cabeza!—exclamó el cura.—¡Bonita educación la mía!
—En fin—continué yo, emprendiendo la marcha nuevamente,—quiero vengarme, y me vengaré.
—Reina, eso está muy mal. Cállate y escúchame.
—La venganza es el placer de los dioses,—proseguí yo, dando un salto para cazar un moscardón que revoloteaba sobre mi cabeza.
—Vamos, hijita, hablemos con seriedad.
—Pero si yo hablo seriamente—respondí, deteniéndome delante de un espejo, para comprobar con cierta complacencia, que la animación me sentaba.—Ya veréis, señor cura, empuñaré un sable y degollaré a mi tía como Judith a Holofernes.
—¡Esta chica está hidrófoba!—exclamó desolado el cura.—Estese un momento quieta, señorita, y no diga disparates.
—Convenido, señor cura; pero entonces declarad que Judith no valía ni un céntimo.