Recostose el cura en la chimenea, e introdujo delicadamente una narigada de rapé en sus fosas nasales.
—Permíteme, hijita, eso depende del punto de vista en que uno se coloque.
—¡Qué poco lógico sois! Halláis espléndida la acción de Judith porque libertó a unos cuantos ruines israelitas, que no valían seguramente lo que yo, y que no os debían interesar, puesto que hace tanto tiempo que están muertos y enterrados... ¿y os parece mal que haga lo mismo por mi propia libertad? ¡Y eso que yo gracias a Dios, estoy viva!—añadí, girando varias veces sobre mis talones.
—Veo que tienes buena opinión de ti—respondió el cura, que hacía esfuerzos por tomar severo aspecto.
—¡Ah, excelente!
—Bueno, y ahora; ¿quieres o no quieres escucharme?
—Estoy cierta—continué yo, siguiendo mi idea,—de que Holofernes era infinitamente más simpático que mi tía, y de que me hubiera entendido con él perfectamente. Por lo tanto, no alcanzo a ver lo que me impediría imitar a Judith.
—¡Reina!—exclamó el cura, golpeando el suelo con el pie.
—No os enojéis, os ruego, mi querido cura; tranquilizaos, no mataré a mi tía, tengo otro medio de vengarme.
—Cuéntame eso—dijo el excelente hombre apaciguado ya y dejándose caer sobre un canapé.