Yo me senté a su lado.

—Bueno. ¿Habéis oído hablar de mi tío de Pavol?

—Sí, por cierto. Vive cerca de V***

—Muy bien. ¿Cómo se llama su propiedad?

—El Pavol.

—Entonces, escribiendo a mi tío al castillo de Pavol, cerca de V*** ¿llegaría la carta?

—Sin duda.

—Pues bien, señor cura; he hallado mi venganza. ¿No sabéis que si mi tía no me quiere, quiere en cambio muchísimo a mis pesos?

—Pero, hija mía ¿de dónde has sacado semejante cosa?—díjome escandalizado el cura.

—Se lo he oído decir a ella misma; así es que estoy segura de lo que afirmo. Y lo que teme, sobre todo, es que yo me queje al señor de Pavol, y le pida que me lleve a su casa. La amenazaré con escribirle a mi tío, y no estoy muy lejos—continué después de un instante de reflexión,—de hacerlo el día menos pensado.