—¡Bah! siquiera eso es una cosa inocente—dijo sonriendo el buen cura.
—¡Veis, veis: vos mismo me aprobáis!—exclamé batiendo palmas.
—Sí, hasta cierto punto, hija mía, porque es evidente que no se te debe pegar; pero te prohíbo toda impertinencia. No te sirvas de tus armas sino en caso de legítima defensa, y recuerda que si tu tía tiene defectos, tú en cambio, debes respetarla y no ser agresiva.
Yo hice una mueca petulante.
—No os prometo nada... o más bien, mirad, hablando con franqueza, os prometo hacer justamente todo lo contrario de lo que acabáis de decirme.
—¡Esto es una verdadera insubordinación!... Reina, concluiré por enfadarme.
—Es más que una insubordinación—repliqué gravemente,—es una revolución.
—¡Me va a hacer perder la paciencia y la vida!—murmuró el cura.—Señorita de Lavalle, hacedme el favor de someteros a mi autoridad.
—Escuchad—proseguí con zalamería,—os quiero con todo mi corazón, aun más; sois la única persona que quiero en el mundo.
La faz del cura se dilató radiante.