—Pero detesto, execro a mi tía; mis ideas no cambiarán a ese respecto. Tengo mucho más talento que ella...
Aquí, el cura, cuyo rostro se había nublado, me interrumpió con una mordaz exclamación.
—No protestéis—proseguí yo, mirándole de soslayo,—bien sabéis que sois de mí misma opinión.
—¡Qué educación, qué educación!—murmuró el cura con tono lastimero.
—Señor cura, tranquilizaos, mi salvación no peligra; tarde o temprano nos encontraremos en el cielo. Continúo: teniendo, pues, mucho más talento que mi tía, me ha de ser fácil atormentarla de palabra. Anoche me he comprometido conmigo misma a fastidiarla y he tomado a la luna y a las estrellas por testigo.
—Hija mía—díjome con seriedad el cura,—no me quieres oír, y te arrepentirás.
—¡Bah, lo veremos!... Ahí viene mi tía; está furiosa, porque soy yo quien soltó la vaca, los conejos y los capones, para quedar a solas con vos. Echadle una sobarbada; os garantizo que me ha pegado muy fuerte; tengo marcas negras en los hombros.
Entró mi tía como un huracán, y el cura completamente estupefacto, no tuvo tiempo para contestarme.
—Ven acá, Reina—gritó ella, con la faz amoratada por la ira y la desordenada carrera que había tenido que dar en pos de los conejos.
Yo le hice un gran saludo, y le dije, dirigiendo un gesto de inteligencia a mi aliado.