—Os dejo con el cura.
Felizmente la ventana estaba abierta.
Salté sobre una silla, trepé al alféizar y me deslicé hacia el jardín, con gran pasmo de mi tía, que se había plantado en la puerta para cortarme la retirada.
Declaro que fingí escaparme, pero que en realidad me quedé escondida detrás de un laurel y que caí en un acceso de júbilo sin igual, oyendo los reproches del cura y las furibundas exclamaciones de mi tía.
Y a la tarde, durante la comida, ostentó el benigno aspecto de un perro a quien se le arrebata un hueso.
Reñía a Susana, quien a su vez la enviaba a paseo, pegábale al gato, arrojaba sobre la mesa los cubiertos haciendo un barullo espantoso, y por último, exasperada por mi actitud impasible y burlona, tomó una botella y la tiró por la ventana.
Inmediatamente tomé yo un plato de arroz, del que aun no se había servido y lo lancé detrás de la botella.
—¡Ah miserable pilla!—vociferó mi tía, lanzándose sobre mí.
—No se me acerque—le dije retrocediendo;—si me llega a tocar, esta noche misma escribo a mi tío de Pavol.
—¡Ah!...—dijo mi tía, quedando petrificada y con el brazo extendido.