—Si no es esta noche—proseguí,—será mañana o pasado, porque no quiero que se me pegue.
—Tu tío no te creerá—gritó mi tía.
—¡Ya lo creo que sí! Los dedos de usted han dejado huella en mis hombros. Sé que es muy bueno y me iré con él.
No tenía por cierto ninguna noción a cerca del carácter de mi tío, puesto que sólo contaba seis años cuando lo vi por primera y última vez. Pero me pareció que debía hacerle creer que sabía mucho a su respecto, y que de ese modo daba pruebas de una gran diplomacia.
Y salí majestuosamente, dejando a mi tía desahogándose entre los brazos de Susana.
IV.
Declarada estaba la guerra y desde entonces pasé todo mi tiempo en luchar con la señora de Lavalle. Antes de ello, apenas me atrevía a abrir la boca delante de mi tía, excepción hecha de las veces en que el cura se hallaba como tercero entre nosotros; me imponía silencio antes de que hubiese concluido mi frase.
Declaro que este proceder érame penoso en extremo, pues soy charlatana por naturaleza. Resarcíame algo con el cura, pero esto era absolutamente insuficiente; tan es así que tomé la costumbre de hablar en alta voz conmigo misma. Y muy a menudo acaecía, que me plantara delante del espejo, y conversase durante horas enteras con mi propia imagen.
¡Oh, fiel amigo! ¡mi querido espejo! ¡amable confidente de mis pensamientos íntimos!