No sé si los hombres han reflexionado alguna vez sobre la influencia enorme que este mueblecito puede ejercer sobre un talento. Notad que no especifico el sexo de este talento, estando convencidísima de que los individuos barbudos se complacen tanto como nosotras en observar sus cualidades externas.
Si escribiera una obra filosófica, desarrollaría este tema: «De la influencia del espejo sobre el corazón y la inteligencia del hombre».
No niego que tal vez fuera mi tratado único en su especie, y que de ninguna manera se asemejaría a la filosofía en que Kant, Fichte, Schelling y otros, han gastado toda su vida, para su mayor gloria y gran felicidad de la posteridad que los lee con un placer tanto más intenso, cuanto que absolutamente no la comprende. No, mi tratado no correría tras las obras de estos señores; sería claro, explícito, práctico con un tantico de causticidad, y sería preciso poseer en alto grado el gusto por la contradicción para no convenir que estas cualidades no son la distintiva de las mencionadas filosofías. Mas no hallando suficientemente madura mi inteligencia para tamaña obra, conténtome con profesar a mi espejo sincero afecto, y con mirarme largo tiempo en él todos los días por espíritu de gratitud.
Bien sé, que ante tal declaración, algunos de esos caracteres montaraces y bruscos que todo lo ven negro, insinuarán que la coquetería entra por mucho en la simpatía que siento por mi espejo. ¡Dios mío! nadie es perfecto; fijaos bien, querido lector, que si sois de buena fe, lo que no es muy seguro, confesaréis que el interés personal, por no decir algo peor, ocupa el primer puesto en la mayoría de vuestros sentimientos.
Pero volviendo a mi asunto, diré que, habiendo roto completamente con mis antiguos terrores, no traté ya de moderar mi locuacidad delante de mi tía. No pasó día en que no tuviéramos a la hora de la comida discusiones que amenazaban degenerar en tempestades.
Aunque no conociese yo su origen todavía, no tardé en descubrir que era ignorante como un topo y que experimentaba gran contrariedad cuando apoyaba mis opiniones en mi saber o en el del cura. Por otra parte, jamás titubeaba yo en dar la calificación de históricas a ideas sacadas de mi propia mente. Desgraciadamente, érame imposible luchar contra su experiencia personal, y cuando me afirmaba que las cosas se pasaban de tal o cual modo en el mundo, y los hombres no eran más que pillos, unos agentes de Satanás, me moría de rabia porque no podía contestarle nada. Que tenía bastante buen sentido para comprender que los personajes con quienes vivía, no podían darme más que una imperfectísima idea del género humano, en las circunstancias comunes de la vida.
Todos los domingos comía el cura en casa. Y sin duda tenía sus motivos secretos para no elogiar delante de mi al rey de la Creación (exceptuando sus héroes antiguos cuyas audacias no podía temer), pues no oponía sino debilísimas protestas a las afirmaciones de mi tía.
La comida del domingo constaba invariablemente de un pollo o de un capón, de una ensalada, de huevos duros y de leche cuajada en verano.
El cura, que en su casa comía bastante mal y cuyo paladar sabía apreciar el arte de Susana, llegaba restregándose las manos y proclamando su apetito.
Pronto nos sentábamos a la mesa, y el principio de la conversación era no menos invariable que la lista de la comida.