—Hace buen tiempo—adelantaba mi tía, cuya frase, si llovía, no se modificaba sino en el adjetivo.
—¡Espléndido!—respondía alegremente el cura,—da gusto caminar con un sol tan hermoso.
Si hubiera llovido, nevado, helado o caído granizo, piedras o azufre, del mismo modo hubiese el cura manifestado su satisfacción explayándose sobre lo agradable de un cuarto herméticamente cerrado o ya elogiando el encanto de un buen fuego.
—Pero no hace calor—continuaba mi tía,—y ¡es sorprendente! en mi tiempo, por Pascua, ¡ya nos vestíamos de blanco!
—¿Os sentaban los trajes blancos?—preguntábale yo rápidamente.
Mi tía que no dejaba de prever alguna impertinencia, me dirigía una mirada preventiva antes de responder:
—Sí, por cierto; bastante.
—¡Oh!—exclamaba yo, con un tono que no permitía ninguna duda a cerca de mi íntima convicción.
—Y en mi tiempo—continuaba,—las niñas no hablaban sino cuando se les dirigía la palabra.
—Entonces ¿usted no hablaba cuando joven, tía?