—Cuando me hacían alguna pregunta y nada más.

—¿Y todas las niñas se os asemejaban, tía?

—Sí, por cierto, sobrina.

—¡Qué época horrible!—suspiraba yo, levantando los ojos al cielo.

Mirábame el cura con aire de reproche, y la señora de Lavalle paseaba sus miradas sobre los diversos objetos que yacían sobre el mantel, evidentemente con la tentación de tirarme con alguno a la cabeza.

Llegada la conversación a este punto... agudo, decaía de pronto, hasta el momento en que los acerbos sentimientos de mi tía, regolfados por los esfuerzos de su voluntad, estallaban de golpe, como una máquina sometida a excesiva presión. Su furia se desbordaba sobre la creación entera. Hombres, mujeres, niños, todo caía. De los míseros hombres no quedaba, al final de la comida, más que una horrible mezcla, no ya de carnes y huesos machacados, sino de monstruos de toda especie.

—Los hombres no valen ni la soga para ahorcarles,—decía en el idioma armonioso y elegante que le era peculiar.

El cura que estaba en la desoladora convicción de no ser una mujer, bajaba la cabeza y parecía lleno de contrición.

—¡Herejes, bandidos!—proseguía mirándome con un aire terrible, como si yo hubiese pertenecido a la especie en cuestión.

—¡Hum!—hacía el cura.