—¡No piensan más que en gozar y en comer!—continuaba mi tía, que se acordaba de la miseria que le había legado su marido.—¡Agentes del diablo!

—¡Hum, hum!—proseguía el cura, moviendo la cabeza.

—¡Señor cura!—exclamaba yo impaciente—¡hum, hum! no es un argumento muy convincente.

—Permitidme, permitidme—contestaba el buen hombre, perturbado en el saboreo de su comida;—creo que la señora de Lavalle va más allá de su idea al emplear esta expresión: agentes del diablo; pero también es cierto, que hay muchos hombres, que no son acreedores de una gran confianza.

—Entonces vos sois como Francisco I, ¿preferís las mujeres?—decía yo con mi airecito cándido.

—¡Voto a bríos!—exclamaba mi tía, que había substituido algunas palabras demasiado enérgicas, por esta frase aprendida a su esposo y que le parecía muy aristocrática—¡voto a bríos! ¡cállate, necia!

Pero el cura le hacía una seña misteriosa y la excelente señora se mordía los labios.

—¿Y vuestros héroes, señor cura? ¿Y vuestros griegos? ¿Y vuestros romanos?

—¡Oh, los hombres de hoy no se parecen a los de antes!—replicaba el cura convencido de que decía una gran verdad.

—¿Y los curas?—continuaba yo.