—Los curas están fuera de combate—respondíame con bondadosa sonrisa.

Esta clase de conversación, sembrada de sobreentendidos, gozaba del privilegio de exasperarme enormemente. Tenía conciencia de que un mundo de ideas y sentimientos, que por otra parte no tardaría en descubrir, me estaba cerrado. Dudaba, que el juicio de mi tía sobre la humanidad fuese absolutamente justo, y comprendía que ignoraba muchas cosas, y que corría el riesgo de quedar por largo tiempo en mi ignorancia.

Una mañana, meditando sobre esta lamentable situación, ocurrióseme la idea de consultar a las tres personas que me era dado ver todos los días: Juan el quintero, Petrilla y Susana.

Como esta última había vivido en C***, decidí que sus apreciaciones debían de estar basadas en una gran experiencia y por consiguiente la dejé para postre.

Arropándome en una capucha, tomé mis zuecos y me dirigí hacia la quinta, situada a un kilómetro de la casa.

Chapuzando, chapoteando y enterrándome, llegué hasta donde estaba Juan que limpiaba su arado.

—¡Buen día, Juan!

—¡Buen día, señorita!—contestó Juan, quitando su bonete de lana, lo que permitió a sus cabellos que se pararan tiesos sobre la cabeza. Esta era una peculiaridad de su temperamento; siempre que no estaban sometidos a presión, se entregaban a ese pequeño ejercicio.

—Vengo a consultarle sobre una cosa muy, pero muy importante—díjele, haciendo hincapié sobre el adverbio para despertar su inteligencia que yo sabía dispuesta a andar a la briba, así que se la interrogaba.

—Mande usted, señorita.