—Dice mi tía, que todos los hombres son unos bandidos, ¿qué piensa usted a este respecto, Juan?

—¡Unos bandidos!—repitió Juan, que agrandó los ojos como si percibiera un monstruo delante de sí.

—Sí, pero es la opinión de mi tía, y quiero tener la de usted.

—¡Caramba! sí, con todo, bien podría ser.

—Pero eso no es una opinión, Juan. Vamos a ver, ¿cree usted sí o no, que los hombres sean generalmente unos bandidos?

Juan apoyó la punta de su nariz sobre el índice de su mano derecha, lo que es signo seguro de profunda meditación.

Después de haber reflexionado un minuto me dio esta respuesta, neta y decisiva:

—Óigame señorita, le diré a usted: puede ser que sea así, y puede ser que no.

—¡Cernícalo!—díjele indignada al contemplar tal fenómeno de estupidez.

Abrió los ojos, abrió la boca, abrió las manos, y hubiera abierto toda su persona, si hubiese podido, para expresar más su asombro.