Volví al patio de el Zarzal, renegando del barro, de mis zuecos, de Juan y de mí misma.

—¡Petrilla, ven!—grité.

Petrilla que limpiaba los cacharros de la lechería, acudió inmediatamente, con un manojo de ortigas en la mano, desnudos los brazos y roja la cara como una manzana, y la cofia en la nuca, según su costumbre.

—¿Cuál es tu opinión acerca de los hombres?—pregunele de pronto.

—Acerca de los hom...

Y Petrilla, de manzana se volvió amapola, dejó caer sus ortigas, tomó una punta de su delantal, levantó la pierna izquierda y quedó posada sobre la derecha mirándome de un modo embobado.

—¿Y? ¡Responde! ¿Qué piensas de los hombres?

—Señorita, usted sin duda quiere jugar.

—No, no. Hablo seriamente. Contesta pronto.

—¡Caramba! señorita—respondiome Petrilla, parándose de nuevo sobre sus piernas,—si son buenos mozos, creo que se ven cosas algo más desagradables.