Este modo de examinar la cuestión, me dio que pensar.
—No hablo de lo físico—proseguí yo, alzando los hombros,—sino de lo moral.
—Yo los encuentro muy simpáticos, por cierto—respondió Petrilla, brillándole los ojos.
—¡Cómo! ¿no los tienes por herejes, bandidos y agentes del diablo?
Petrilla se echó a reír a carcajadas.
—Vea señorita, el modo de hablar de esos herejes es tan dulce, que...
Aquí se interrumpió para darse un gran coscorrón en la cabeza. Torció su delantal, bajó los ojos, y me pareció que estaba por tomar las de Villadiego.
—¿Y después? ¡Termina!
—Seguramente, señorita, me vais a hacer decir disparates... y me voy.
Y dirigiéndome la más hermosa de sus reverencias, desapareció en las profundidades de su lechería con cuya puerta me dio en la nariz.