—¿Por qué diría disparates?... Vamos; no tengo más que recurrir a Susana; lo que falta es que no quiera hablar.
Entré a la cocina. Susana se preparaba, armada de una escoba, a hacerla funcionar activamente.
Me pareció que estaba en uno de sus malos días, y pensé que sería conveniente emplear algunas precauciones oratorias antes de plantear mi pregunta.
—¡Qué lindas y brillantes están tus cacerolas!—díjele con amabilidad.
—Se hace lo que se puede—refunfuñó Susana,—y a quien no le guste, que se queje.
—Mira, Susana, tú que haces tan bien el guiso de pollo, ¿quieres enseñarme a hacerlo?
—Eso no os incumbe, señorita; quedaos en vuestros departamentos y dejadme tranquila en mi cocina.
No surtiendo ningún efecto mis medios de corrupción, enderecé el fuego hacia otro punto.
—¿Sabes una cosa, Susana? ¿Sabes que debes haber sido muy linda en tu juventud? En tanto—pensaba, a parte, que si me hubiera tocado ser su marido, la hubiese puesto a asar en el horno para zafarme de ella.
Había tocado la cuerda sensible, porque Susana dignose sonreírme.